En los crudos y desolados páramos de nuestras tierras se esconde una misteriosa ave. Discreta, huidiza y completamente mimetizada con su entorno, la Alondra ricotí es prácticamente imposible de localizar, de no ser por su canto, cada vez más infrecuente, ya que se trata de una de las aves más amenazadas de Europa. Por todo ello, es conocida como “El fantasma del páramo“.
Ese apodo no me extraña nada, paso decenas de horas cada año paseando o pedaleando por diferentes parameras, y nada, nunca ha habido forma de cruzarme con ella. Distintas épocas del año, distintas horas del día, atardeceres, amaneceres. Nunca he tenido suerte de encontrarme con la Alondra Ricotí (Chersophilus duponti), la que para mí, sin ninguna duda, es nuestro particular “Leopardo de las Nieves”.
Tal vez inspirado por ese interesante libro de Sylvain Tesson, por esa romántica búsqueda de lo utópico, llevo ya un tiempo acercándome una y otra vez a sus reinos armado con mi grabadora y micrófonos.
No hay un ave tan amenazada en nuestro territorio. Es muy sensible a los cambios en su hábitat, ya de por sí muy reducido. No son los páramos en altitud uno de los entornos más protegidos y valorados últimamente por aquí. Sin embargo, es un paisaje que me sobrecoge, que me emociona. No hace mucho tiempo que oí a un viajero extranjero comentar que atravesar un páramo era como pedalear en Escocia pero en seco, sin midges, ni garrapatas. Aquí no lo hemos visto así y es uno de los paisajes más maltratados y amenazados.

Mis obligaciones me regalaban una ventana de doce horas, suficientes para un intento más en alguna de las pocas zonas altas prácticamente vírgenes que aún podemos encontrar en los alrededores de Teruel. Un buen amigo los llama “recorridos con propósito”: unir al mero placer de pedalear una “misión” que alimente alguna de nuestras locuras.
Quería intentarlo una vez más. Realmente no sabía si quedarían muchas más opciones. No pintan bien las cosas, la ricotí no lo tendrá nada fácil en los próximos años. Cuando partes del imposible, las expectativas no son muy altas, por lo que aprendes a amar el proceso. El propósito es solo eso, un aliciente más, pero el auténtico objetivo raíz se cumplirá igualmente: Un paseo en bici con mi cámara de fotos, mi grabadora y mi cuaderno de notas. Ya un éxito en sí mismo.
El lugar elegido: Los Santos de la Piedra en las proximidades de Pozondón. Un par de grabaciones al atardecer, alguna foto, y a buscar algún lugar donde descansar unas horas hasta antes del amanecer, momento en el que empiezo a colocar de nuevo mis micrófonos. Y como no, la habitual cena que en un lugar como este se convierte en alta cocina: jamón, queso, frutos secos, algo de fruta y chocolate negro. Felicidad.
Aquella noche me acosté haciendo cálculos de la hora a la que debería salir de allí para regresar a mis obligaciones a tiempo. Siendo mediados de abril, los primeros rayos de sol me pillarían dando pedales ya de camino al coche, por lo que no habría mucho tiempo para recrearse con las grabaciones matinales. No pasaba nada, la cena de estrella Michelín ya no me la quitaba nadie.


A estas alturas del año, ya puede escucharse algún cuco (Cuculus canorus) madrugador, o trasnochador, según se mire. En cambio, algo sutil comenzó a llamarme la atención en torno a las cinco y cuarto de la mañana. En mi estado de duermevela comencé a escuchar algo diferente. Un canto lejano, profundo, aflautado, que sentía en mi pecho como una especie de llanto. Había algo de emotivo en aquellas notas. El primer impulso fue darme la vuelta en mi saco, algo normal sabiendo que la temperatura rondaba los cero grados. Pero ese canto seguía clavándose en mi mente. No lo había oído nunca. ¿Y si…? ¿Podría ser…? ¡Creo que sí!
La mezcla entre prisa, frío, silencio y emoción no es del todo sencilla, y menos a esas horas. Preparé todo el kit de grabación y, alumbrado tan solo por una sutil luna creciente, me alejé unos cientos de metros hacia unos setos que me sirvieran de referencia para poder encontrar mi equipo cuando amaneciera.
Con el mayor de los sigilos, regresé de nuevo al confort de mi saco y esperé, ya incapaz de pegar ojo con esa melancólica banda sonora. A medida que avanzaba el alba, decenas de alondras comunes (Alauda arvensis), fueron uniéndose al coro, y nuestro “Leopardo de las Nieves” dejó de escucharse.
Una incómoda mezcla de emociones recorría todo mi cuerpo mientras recogía mi equipo. Empaqueté todo y, con los primeros rayos de sol, me subí a la bici.

Por un lado, sentía plenitud por simplemente estar en ese lugar, con la posibilidad de llevarme un tenue registro acústico de gran valor. Por otro lado, tristeza e impotencia al saber que ese canto que yo percibí como un llanto provenía probablemente de una de las últimas ricotís de nuestros páramos.
Que esta grabación sea mi pequeño tributo a esta pequeña ave, un registro para el futuro, pero también una llamada de atención sobre el papel de nuestra especie en el entorno que nos rodea. Espero que disfrutéis escuchándola tanto como yo persiguiéndola todo este tiempo:
